Usted, Lucrecia Caamaño, al finalizar la anterior temporada, ingresó en la liquidación de una gran tienda. Compró una bikini azul con pintitas rojas marca Arenas, por un peso con noventa y nueve, marzo, el mes más económico, etapa de ofertas. La misma prenda, dos meses antes, se exhibía en los escaparates a cincuenta pesos.
Usted la probó en el vestidor y se ilusionó cuando la vendedora, elegante, con pestañas postizas, dijo luce igual a Kim Bassinger.
Usted, orgullosa, la guardó en su bolsa original, en el placard del dormitorio.
Apenas pasados unos meses, con los primeros calores de noviembre, quiso preestrenarla en la piscina del club. Aterrorizada, comprueba que la parte inferior no puede elevarse más allá de los muslos.
Usted se cree estafada, pero Gran Tía responde negativamente a la posibilidad de un cambio. Usted siente que es una tonta, que fue robada. Se mira al espejo en ropa interior, se ve joven y delgada. Pero usted, desvalorizada por una sociedad demasiado exigente, debe concurrir a una psicoanalista para recuperar autoestima y recomponer su imagen.
Usted descubre en veinte sesiones de análisis que las prendas se achican dentro de los placares, respondiendo a la ley de la física: el calor dilata, el frío contrae. Usted invierte dos mil pesos en su tratamiento y logró hallar con María Felicitas, su terapeuta, la verdadera importancia del ahorro en las ofertas. También comprueba que cambiando el elástico de la bombachita, obtiene una cofia maravillosa que protegerá sus cabellos al ducharse. Y en cuanto al sostén, acortando las tiras, logra unas perfectas antiparras para conciliar el sueño. Usted ha realizado un brillante negocio: dos productos al precio de uno, en liquidación.
Además, a Usted ya no le interesa ir de vacaciones al mar, para competir con impúdicas jovenzuelas de cabeza tan hueca, que ni siquiera se analizan.
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