viernes, 5 de noviembre de 2010

CON SABOR A NUESTRA MUSICA

Buenos Aires, invierno de 2003.

El personaje de traje y corbata, peinado con gomina “Brancato”, es un paradigma de una época que se rajó en tranvía.

Joaquín Sciancalepore, se destacaba cuando las mujeres ignoraban que ese señor que cruzó los cuarenta años soltero que vivía con su madrecita era adiposo, misógino o ferviente seguidor del “Cangrejo, Sportclub”.

Yo, Piedrabuena, cobraba mis ciento cuarenta miserables mangos de jubilación en el Banco Ciudad de Cabildo y Mendoza. Como el nuevo gobierno intenta fomentar el turismo, estoy acá en el viejo Abasto (ahora shopping). Apenas dos kilómetros. Sencillo: ¿Con quién me encuentro? Sí señor lector acertó: el Pelao y panzón Joaquín. El piola que al amanecer del domingo, terminaba con el cubilete y los dados por la copa de ginebra. El billar hasta que el gallego decía: muchachos, tengo que cerrar. Porque el hielo llega temprano.

- ¿Che, Joaquín y tu vieja?
- La vieja murió hace cinco años, después de cumplir los noventa-
- ¿De qué murió?
- Un resfrío.
- ¡Qué suerte! – No fue de nada grave-
- ¡Qué panza que tenés! Y me estoy cuidando ahora, llegué a pesar más de cien kilogramos.

- Me acuerdo, cuando dejaste plantada a Cristina, vestida de blanco en la escalinata de la Iglesia San José de Flores- ¡Qué bolonki que se armó! Los hermanos vinieron al boliche que querían reventar. Me avivé a tiempo, me escapé por la puerta trasera y bajé al sótano, hasta que se fueron.

- Y María Isabel, te esperaba sentada para dar el sí ante le juez y nunca apareciste.

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