- Maestro, usted no sabe el deseo que tenía de hallarlo hoy la llovizna me trajo suerte, y lo encuentro en el tranvía dos. Cuando lo vi. en la película El Hincha. Yo Piedrabuena, tenía diez o doce años.
- Los jóvenes con su rebeldía, me toman de modelo. Pero soy solo un ciudadano común.
Alguien me dijo que lo podía encontrar en los cafetines de San Telmo, con sus locales de compraventa. Otros me hablaron de tranvías que con los conductores italianos que cuando llueve nos acercamos a Venecia.
- Maestro ¿Cómo se que lograr la poesía suya con la crueldad que usted mismo vaticinó? Maestro ¿Cuál es el mejor lugar para sentarse y escribir? para mí el tranvía. Antes del final del invierno, pesqué una gripe con fiebre. El doctor Minzer que es un amigo, me recomendó die3z días de reposo. Me sentí mejor y volví al tranvía que es la esencia de la vida.
- Maestro, concurro a un taller literario y las profesoras sufren con mi escritura y me reiteran que estoy en la categoría de troncos.
- ¿Y cuál es el mejor lugar para escribir? – Para mí el tranvía porque es la vida misma. Cuando voy SADAIC voy hasta la terminal. Cuando está vacío me ocupo el primer asiento al lado de la ventanilla y juno a los que van ascendiendo. Veo al cafiolo peinado con Brancatto, recorre las paradas de los yiros para sacarles la guita. Ves a la mina que le pone el culo encima del punto y lo anestesian mientras su compañero, punga le deja los bolsillos vacíos.
- Sabés Piedrabuena, yo no tenía el menor interés en trabajar en la película. Le comenté a Mentasti que lo mío era otra cosa que le diera el personaje al flaco Haroldi o al pibe Luisito Sandrini. No lo pude convencer, la hice.
Lavalle con sus cines con tanto público reventaban las salas. Después de seis meses, El Hincha, salió a caminar por los barrios. Ingresó mezclando con el público a un cine de la calle Olavarria en la Boca, en el intervalo me descubrió el gran Quinquela Martín, me pidió que fuera a su atelier, para hacer una obra con mi cara. No me podía negar por falsa modestia. Además ya había perdido el beneficio del anonimato.
- Maestro, cuando curraba la secundaria, le pregunté a la profesora de literatura, cómo hacía para escribir de ese modo. Me respondió: con sensibilidad y talento.
- Algunas personas exageran a la hora de regalar elogios.
- Maestro Discepolín, le puedo dar un abrazo, me bajo en la próxima.
- ¡Por supuesto, muchacho, persevera, que seguro me superás!
- ¡uuhuiuuuu!
Malditas alarmas de los autos. Me despertaron: - Uy, no le dije que es un grande que se adelantó a su tiempo.
PIEDRABUENA
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