Fue un lunes de Mayo cuando nuesra jefe en investigación repartió varios objetos que no tenían ninguna relación. Yo Piedrabuena, tomé una maqueta de una pirámide. Mi primera sensación de querer ingresar dentro de ese pequeño habitáculo fue creciendo cada amanecer. Mi cuerpo parecía recibir una energía desconocida. A partir de entonces, ingresé a Internet. No tenía la información que yo buscaba. Pero en esas interminables noches de insomnio escuchaba discusiones en árabe. Escribí cartas, emails a todos los chantas que publicaban avisos en diarios y revistas. En un anticuario compré un libro “Memorias de Tutankamón”.
Entre otras cosas me dijo que corría el riesgo de la inmortalidad. Me acordé del maestro Borges que no quería la inmortalidad y yo tampoco.
En un avión de Aerolíneas Argentinas llegamos a El Cairo. Un taxista nos pidió cien dólares a cada uno por llevarnos directamente a las pirámides. Le pedimos que nos llevara a la agencia “El Beduino” que nos vendió los pasajes en Buenos Aires. Nos ofrecieron viajar en camello a cincuenta dólares cada uno, no dejaba de ser excitante. Viajamos en una combi por veinte dólares a cada uno.
Por fin teníamos las pirámides al intentar ingresar, nos para el portero, no se permite entrar por un sorpresivo corte de luz y la CIA nos adelantó sobre el peligro de un atentado.
- ¡Qué pena, llegamos desde Buenos Aires, Argentina!
- ¡Argentina, Maradona!, Vuelvan en dos o tres días que seguramente estará resuelto el tema.
Cuando llegué a Buenos Aires, compré libros sobre historia y tradiciones egipcias, y anoté en mi diario una nueva frustración.
PIEDRABUENA
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