Buenos Aires, verano de 1985.
Por entonces, Ted Lapidus, concurría con su familia a un club que el suponía que sus socios no festejaban Navidad. Por eso cuando el turco Alí le preguntó: ¿Ted, qué haces la noche del 25?- respondió: - Ceno con la familia y me voy a dormir.-
Ted, pensó, todos saben que soy judío, creo que me están gastando una broma o pretenden burlarse de mí.
Dos semanas antes de fin de año, Berta, amiga de la familia le explicó que como años anteriores, se reunían en el lago de Palermo, frente a la confitería Hostal del Ciervo que en su vidriera exhibía un luminoso arbolito, era el punto de encuentro.
Llegó la gran noche a las diez apenas seis familias comenzaron a descender tímidas sus mesas y heladeras portátiles, legítimas protagonistas se alineaban como una catarata de manjares.
A las once, una larga caravana de autos haciendo sonar sus bocinas se integraron a la formación original. Las mesas, intercambiaban fuentes con matambre casero por una lengua a la vinagreta mientras un pollo rotisado pedía pista. En el ambiente se respiraba que algo importante podía suceder. A la medianoche cuando aparecen los duendes sonó la pirotecnia con el brindis. Los chicos en sus bicicletas repartían tarjetas con saludos. El lago abrazado por mesas se movía por espíritu navideño. Un papá Noel que repartía caramelos y nueces advirtió que el lago se estaba abriendo como el Mar Rojo, cuando le cedió el paso a Moisés y sus seguidores.
Algunos presentes sostuvieron que fue un milagro de los astros, otros que fue un mensaje divino del Supremo Hacedor.
Por supuesto, como buenos argentinos, no hubo acuerdo.
PIEDRABUENA
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